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Por Hugo Silveira
La Nación Pampa comprendía nuestra región. Nuestros antecesores se caracterizaban por su nomadismo. La vida se desarrollaba en íntimo contacto con nuestra madre tierra, la tierra, y sus elementos.
La invasión española llega al río de la Plata y pretende instalar su primer mojón fundando un fuerte en sus orillas.
Como presintiendo lo que pasaría, nuestros hermanos karandais, expulsan a esos conquistadores (fieros opresores de la Patria, como dice nuestro Himno Nacional).
El caballo, que habían traído desde Europa, gana las pampas y, en plena libertad; se reproduce cómodamente.
En 1580, nuevamente emplazan una población, y esta vez su radicación sería definitiva.
Mientras eso ocurre sobre la costa del Plata, aquí la vida iba teniendo un cambio. Precisamente la presencia de los caballos condujo a una mayor movilización de los pobladores, produciéndose lo que se ha llamado la “mapuchización” pampeana.
En la zona que hoy podemos identificar como las localidades de Inés Indart y Los Indios, instala su comunidad el lonko (cacique) Lewel.
Las viviendas se van ubicando en las cercanías de los cursos de agua fundamentalmente en torno a los a los arroyos Las Saladas y Seco.
A casi doscientos años de la segunda fundación de Buenos Aires, el avance del vil invasor (así nos lo recuerda nuestro Himno Nacional) llega a estos lugares.
En la horqueta que forman el arroyo Saladillo de la Vuelta y el río Rojas, se emplaza un fortín, cuya misión es alejar, con enormes matanzas incluidas, a la población originaria de la región del Paraná y del Plata, que ya había empezado a ser entregada a través de las denominadas “mercedes reales”, a los primeros que se arrogaron el derecho de ser propietarios de tierras.
Las denominadas líneas de fortines fueron emplazadas como parte de la expansión de la corona española.
Con la revolución de mayo el tema parece tomar otro cariz pero,... a poco de esa gesta, la opresión europea, que había llegado para quedarse hasta nuestros días, se las arregla, en connivencia con la oligarquía porteña; para poner las cosas en el lugar que ellos pretendían.
Es así que surgen nuevos fortines, se producen nuevas matanzas, nuevos corrimientos, “limpieza” de campos y su posterior entrega a familias porteñas.
Mientras todo eso ocurre, Rojas es un puesto militar, que por 1825 no alcanzaba a tener mil habitantes, residiendo en torno al segundo fuerte, que desde 1779 se ubicaba donde actualmente funciona la escuela N° 1.
A partir de ese año, por la ley de enfiteusis dictada por Bernardino González Rivadavia, comienza el efectivo reparto de tierras, beneficiándose a varios militares, ya familias de Buenos Aires.
Con el gobierno de Rosas, se siguen entregando tierras, reservándose una espacio para la conformación de un pueblo civil, en las inmediaciones del tercer fortín, que desde 1828 se había ubicado donde hoy se encuentran el Polígono de Tiro y el Parque Alvear.
El pueblo se va formando sin demasiado orden.
En torno al hueco central, que luego sería la plaza principal, se ubican las casa del Juez de Paz, que por entonces era la máxima autoridad civil, una capilla de la religión católica, y algunas viviendas y comercios.
Los servicios de diligencias y carretas hacían su parada en ese hueco trayendo no sólo a viajeros sino también mercaderías y correspondencia.
Como dato que hoy puede sonar curioso, digamos que la iglesia católica se había arrogado los derechos de inscripción de nacimientos, matrimonios y defunciones y que, bajo esas premisas, organizó su primer cementerio, junto a su casa de cultos, en la esquina de Irigoyen y Bmé. Mitre, contigua a la Municipalidad (hoy Plazoleta). Funcionó hasta 1855 año en el que una comisión municipal decidió construir una necrópolis pública que ubicaron en la zona de Av. Moreno y Paso.