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La Nación Pampa comprendía nuestra
región. Nuestros antecesores se caracterizaban
por su nomadismo. La vida se desarrollaba en íntimo
contacto con nuestra madre tierra, la tierra,
y sus elementos.
La invasión española llega al río
de la Plata y pretende instalar su primer mojón
fundando un fuerte en sus orillas.
Como presintiendo lo que pasaría, nuestros
hermanos karandais, expulsan a esos conquistadores
(fieros opresores de la Patria, como dice nuestro
Himno Nacional).
El caballo, que habían traído desde
Europa, gana las pampas y, en plena libertad;
se reproduce cómodamente.
En 1580, nuevamente emplazan una población,
y esta vez su radicación sería definitiva.
Mientras eso ocurre sobre la costa del Plata,
aquí la vida iba teniendo un cambio. Precisamente
la presencia de los caballos condujo a una mayor
movilización de los pobladores, produciéndose
lo que se ha llamado la “mapuchización”
pampeana.
En la zona que hoy podemos identificar como las
localidades de Inés Indart y Los Indios,
instala su comunidad el lonko (cacique) Lewel.
Las viviendas se van ubicando en las cercanías
de los cursos de agua fundamentalmente en torno
a los a los arroyos Las Saladas y Seco.
A casi doscientos años de la segunda fundación
de Buenos Aires, el avance del vil invasor (así
nos lo recuerda nuestro Himno Nacional) llega
a estos lugares.
En la horqueta que forman el arroyo Saladillo
de la Vuelta y el río Rojas, se emplaza
un fortín, cuya misión es alejar,
con enormes matanzas incluidas, a la población
originaria de la región del Paraná
y del Plata, que ya había empezado a ser
entregada a través de las denominadas “mercedes
reales”, a los primeros que se arrogaron
el derecho de ser propietarios de tierras.
Las denominadas líneas de fortines fueron
emplazadas como parte de la expansión de
la corona española.
Con la revolución de mayo el tema parece
tomar otro cariz pero,... a poco de esa gesta,
la opresión europea, que había llegado
para quedarse hasta nuestros días, se las
arregla, en connivencia con la oligarquía
porteña; para poner las cosas en el lugar
que ellos pretendían.
Es así que surgen nuevos fortines, se producen
nuevas matanzas, nuevos corrimientos, “limpieza”
de campos y su posterior entrega a familias porteñas.
Mientras todo eso ocurre, Rojas es un puesto militar,
que por 1825 no alcanzaba a tener mil habitantes,
residiendo en torno al segundo fuerte, que desde
1779 se ubicaba donde actualmente funciona la
escuela N° 1.
A partir de ese año, por la ley de enfiteusis
dictada por Bernardino González Rivadavia,
comienza el efectivo reparto de tierras, beneficiándose
a varios militares, ya familias de Buenos Aires.
Con el gobierno de Rosas, se siguen entregando
tierras, reservándose una espacio para
la conformación de un pueblo civil, en
las inmediaciones del tercer fortín, que
desde 1828 se había ubicado donde hoy se
encuentran el Polígono de Tiro y el Parque
Alvear.
El pueblo se va formando sin demasiado orden.
En torno al hueco central, que luego sería
la plaza principal, se ubican las casa del Juez
de Paz, que por entonces era la máxima
autoridad civil, una capilla de la religión
católica, y algunas viviendas y comercios.
Los servicios de diligencias y carretas hacían
su parada en ese hueco trayendo no sólo
a viajeros sino también mercaderías
y correspondencia.
Como dato que hoy puede sonar curioso, digamos
que la iglesia católica se había
arrogado los derechos de inscripción de
nacimientos, matrimonios y defunciones y que,
bajo esas premisas, organizó su primer
cementerio, junto a su casa de cultos, en la esquina
de Irigoyen y Bmé. Mitre, contigua a la
Municipalidad (hoy Plazoleta). Funcionó
hasta 1855 año en el que una comisión
municipal decidió construir una necrópolis
pública que ubicaron en la zona de Av.
Moreno y Paso. |
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